El ego y el león


Cuatro príncipes reales buscaban una especialización en la que nadie les igualara. Se dijeron entre sí:"Recorramos la tierra y aprendamos la ciencia máxima".

Los cuatro hermanos partieron cada uno en una dirección, después de haber acordado un lugar de reunión en el futuro.

Pasó el tiempo. Después de un año, un mes y un día, los cuatro príncipes se reunieron en el lugar consabido y se preguntaron unos a otros qué habían aprendido.

- Yo he aprendido una ciencia que me permite crear la carne de un ser viviente con tal de que cuente con uno de sus huesos -dijo el primero, con un gesto egoico tremendo.

- Yo sé cómo hacer crecer la piel de ese ser viviente e incluso el pelo, si el hueso está recubierto de carne -dijo el segundo, con una postura pedante que distanciaba a todo mortal.

- Yo soy capaz de crear los miembros si tengo la carne, la piel y el pelo -dijo el tercero, narcisista como el que más.

- Y yo -concluyó el cuarto- sé cómo dar vida a esa criatura si su forma está completa. Su gesto de suficiencia lo mostraba casi como un dios.

Los cuatro egoicos hermanos fueron a la jungla en busca de un hueso que les permitiese demostrar su capacidad. No fue difícil. Después de un breve recorrido encontraron un hueso y lo recogieron. No se preguntaron a qué clase de animal pertenecía. Estaban tan poseídos de sus roles de ego que ni siquiera pensaron en ello.

Uno añadió carne al hueso, el segundo creó la piel y el pelo, el tercero lo completó con miembros adecuados y el cuarto dio vida... a un león. La fiera se levantó agitando sus crines, abrió las fauces amenazadoras y se abalanzó sobre sus creadores. Allí mismo los mató a todos y desapareció satisfecho en la jungla.

Jorge Olguín.

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