Sobre la indiferencia


“La vida es muy peligrosa. No por las personas que hacen el mal, sino por las que se sientan a ver lo que pasa.” Einstein



Hay dos actitudes opuestas que observo en relación a lo que sucede en el mundo. La primera de esas actitudes es la desesperanza; ver constantemente todo lo que pasa y sucumbir a la tristeza de ser “sólo un simple humano” que nada puede hacer contra catástrofes que parecen tan bien orquestadas por quienes las realizan que nada puede hacerse.

La otra actitud es la indiferencia; creer que pase lo que pase nada nos afectará realmente y que, en tal caso, ya no estaremos para sufrirlo.

Por suerte este mundo tiene una inmensa cantidad de matices en medio que tratan de que las cosas cambien por diferentes medios. Algunos los comparto, otros no. Pero al menos quieren hacer algo.

Lo que ocurre es que cuando pensamos que nada nos afectará o su contraparte, que aunque nos afecte nos tenemos que resignar, lo que estamos haciendo es delegar nuestro poder.



Porque así, sabemos que productos que consumimos a diario nos hacen daño y los seguimos consumiendo. Sabemos que los vegetales y las frutas tienen químicos que nos afectan y encima no tienen la cantidad de nutrientes que deberían tener porque, simplemente, maduran en un cajón dentro de una cámara frigorífica. Y los seguimos consumiendo.

Sabemos que nuestros automóviles contaminan y seguimos utilizándolos para ir a comprar el pan a dos calles.

Sabemos que los políticos son corruptos, pero seguimos votándolos y dejando que alternativas nuevas pasen desapercibidas.

Muchos tienen la certeza de que las noticias son manipuladas, que el morbo domina en los noticieros, diarios y revistas. Ese parece ser un sub-mundo de muerte, inseguridad, maltrato, pobreza, mentiras, enfermedades peligrosas, etc, etc.

Donde estamos no es casualidad, es una consecuencia sutilmente construida durante mucho tiempo, donde poco a poco vamos aceptando cosas que antes eran inaceptables. Como dije, se hace con mucha sutileza.

Entonces aceptamos encerrarnos tras rejas por miedo a todos los peligros que nos acechan. Comemos lo que hay porque alguien, en algún momento dijo que no nos afectaría y que los alimentos no se ven afectados por todos los químicos y tóxicos que les ponen.

Y vemos por las noticias niños deformados por el sometimiento a esos mismos químicos, o contamos año tras año cuanto aumentan los casos de cáncer y decimos: “Qué terrible! Nadie hace nada”. ¿Y qué hacemos nosotros?

Seguimos yendo al supermercado y comprando esas verduras manipuladas, comiendo pollo que tiene hormonas y antibióticos para que no se mueran por las hormonas que les ponen.

Seguimos comprando gaseosas a pesar de saber que pueden quitarle el óxido a un tornillo, como si nuestro sistema digestivo no fuera más sutil y frágil que un trozo de metal.

Vivimos con nuestros niños encerrados, por miedo a que alguien se los robe para someterlos a quién sabe qué vejaciones. Y crecen solos.

Y después nos preguntamos por qué a los jóvenes les cuesta tanto relacionarse y caen en las drogas y se pierden.

Entonces nos parece correcto tener mil policías que nos rodeen y vigilen todo el tiempo, ponemos cámaras y alarmas y rejas que nos separen más y más porque tenemos miedo.

Y ni hablar de nuestros trabajos, en general nadie hace lo que le gusta y los que lo hacen, se quejan del jefe que les tocó.

Vivimos escindidos, partidos en dos entre un mundo real que parece demasiado peligroso como para desafiarlo y un mundo imaginario, que nos gustaría que fuera pero que no sabemos construir. O mejor dicho, no nos atrevemos. Porque es demasiado difícil o porque nos dijeron que ya se intentó y fracasó… y entonces lo mantenemos al nivel de nuestros sueños incumplidos, esas ilusiones perfectas que desearíamos vivir pero que jamás damos paso alguno para concretar.

Y ahí viene la resignación, la indiferencia y la desesperanza. Para qué, dicen algunos, total no importa, dicen otros, lo harán igual pronuncian los más pesimistas.

Por suerte en el mundo hay mil matices. Y hay personas que se arremangan y con lo poco o mucho que tienen buscan la forma de dar de comer a los niños que no tienen, intentando inculcarles que hay personas buenas en el mundo y muchos otros valores.



Y hay quienes se niegan a comer las porquerías que nos venden. O a medicarse con productos que en su contenido tienen veneno para nuestros cuerpos.

Hay quienes se niegan a vivir encerrados y corren a un lugar tranquilo, donde sus hijos puedan correr y vivir en la naturaleza.

Hay personas que cuidan la Tierra.

Hay quienes piensan en un futuro mejor para sus hijos porque entienden que lo importante es dejar un mundo para ellos en el que puedan vivir libres y felices.

Hay, simplemente, quienes creen que el amor y la paz son los mejores valores que podemos cultivar. Y lo hacen y cosechan sus frutos.

La pregunta es: ¿Qué hago yo? ¿Soy indiferente o busco un camino, una manera para que el mundo sea mejor desde lo pequeño que puedo hacer?

Deseando que elijamos buscar el camino y transitarlo, les dejo estas maravillosas palabras que siempre nos recuerdan lo que puede pasar si dejamos que la indiferencia nos gane, de Martin Niemoller:

“Primero vinieron a buscar a los comunistas y no dije nada porque yo no era comunista.
Luego vinieron por los judíos y no dije nada porque yo no era judío.
Luego vinieron por los sindicalistas y no dije nada porque yo no era sindicalista.
Luego vinieron por los católicos y no dije nada porque yo era protestante.
Luego vinieron por mí pero, para entonces, ya no quedaba nadie que dijera nada”.


Tamara Gallegos 08/08/09
  Tomado de http://sindamel.wordpress.com

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