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Sanación Espiritual
La aceptación
¿Nos ha dado pena esa pérdida?
¿Ha finalizado la relación con una persona amada?
¿Ha desparecido alguna cosa muy simbólica?
¿Últimamente la vida pasa monótona, sin todavía vivenciar eso que uno anhela?
¿Acaso la salud nos ha dado un “aviso”?
¿Tal vez la economía flaquea?,
¿Acaso han herido nuestro ego?, ¿o bien está la rabia y la impotencia acompañadas de
oscuros deseos de venganza?
Si miramos hacia atrás en nuestra vida y observamos la de aquellos que nos rodean, sabremos
muy bien que ésta es un rosario en el que las risas se alternan con las lágrimas. Uno
también intuye que toda experiencia por dolorosa que sea, trae envuelta enseñanzas
insospechadas. La evolución como rueda de molino, refina y sutiliza a las personas y a
las cosas. ¿Por qué nos duele tanto la pérdida? La respuesta señala a nuestro yo que se
confunde e identifica con eso que se va, generando una sensación que nos fragmenta. En
realidad, somos mucho más que nuestras partes. Nuestra existencia tiene otro alcance y
la capacidad de crecer internamente es ilimitada.
Todos sabemos que cuando uno sufre, de poco sirve decirle que hasta la pérdida más
dolorosa es una vivencia que madura el alma. Sin embargo, cuando uno recuerda que puede
observar su dolor y comprender que éste es pasajero porque se trata tan sólo de la otra
cara de la moneda, la tensión afloja y asoma un rayo de esperanza. Uno sabe que si acepta
lo que duele, si acepta que el dolor forme parte del gran juego, sucederá que la tormenta
se apacigua y uno se libera. Cuando sufrimos un desgarro por la pérdida nos tornamos más
sensibles al tiempo que disolvemos formas ilusorias. Más tarde, sentimos el corazón
expandido y miramos la vida con otros lentes.
¿Acaso alguien todavía duda que tras la noche oscura no tarda en llegar el alba? ¿Sabemos
ya que tras el llanto de la pérdida, se oye la suave alegría de las nuevas llegadas?
El dolor es transitorio, siempre pasó de largo dejándonos el pecho sin corazas. En
realidad, el dolor es un “cohete” hacia el Espíritu que abre nuestra sensibilidad y
revela el sentido último de la existencia. El dolor prepara silencioso el estallido del
amor escondido que uno guarda.
Si hay dolor, aceptémoslo y recordemos que no hay errores, ni castigos, ni siquiera culpas,
tan sólo aprendizajes y crecimientos del alma. En el fondo, y mientras su influencia pasa,
uno resiste afirmado en sus valores, y desde ahí, siempre gana. No hay culpables, tan
sólo conductas y programas. No pensemos que el Universo es un lugar diseñado para sufrir
en nombre de las pérdidas. Tenemos derecho a ser felices y, si el dolor llama a la puerta
y ocupa temporalmente la morada, tengamos en cuenta que la Vida florecerá exquisita en
lo más hondo de nuestra esencia.
Tal vez en plena confusión, uno no se da cuenta de lo que realmente pasa. Sin embargo,
sabemos muy dentro, que tras la película dolorosa viene algo maravilloso que sentimos
merecer por el simple hecho de darnos cuenta. Se trata de un milagro que se acerca veloz
a nuestras vidas pero, ahora, de forma diferente y renovada. No se trata de “más de lo
mismo” y, sin embargo, es justo aquello que nuestro Ser Interno, aunque no lo creamos,
anhela y demanda. Confiemos. Dejémonos fluir y resbalar por las cascadas de la vida
cotidiana. En realidad, mientras aceptamos, sabemos que ya llegan goces más profundos
que abrazan nuestro pecho y hacen vibrar a nuestra alma.
Cuando el corazón llora por lo que ha perdido, el Profundo sonríe por lo que ha encontrado. Dicho Sufí.
Es tiempo para pensar, valorar, bendecir y agradecer...
Con cariño
Maria Inés Troncoso
Colaboradora Contactos de Luz
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