El color con el que se pintan las cosas



Vivimos en el plano de la materia y aquí rige la ley de la dualidad. Somos por lo tanto duales en nuestra visión de las cosas: malas o buenas, negro o blanco… No podemos negar la polaridad; pero quien puede darse cuenta de la ilusión que representa esto, quien puede ver en las cosas aparentemente opuestas, tan solo dos complementarios que hacen parte de una misma realidad, aprende a no pelearse con aquella cara de la moneda que le genera dolor, y aprende también a no apegarse a aquella que, por el contrario le genera placer.

Y aprender esto no es tan simple. Sin embargo un primer paso podría ser el ejercicio de verlo a diario en lo que está fuera de uno mismo.

Hace unos días cuando atravesaba las calles de la ciudad. Me di cuenta de cómo muchas personas suelen amargarse la existencia permanentemente. Suelo cruzarme con personas distintas en mi trabajo y ya empiezo a notar que una de las razones por las cuales se sufre es por la forma en que asimilamos las circunstancias y las actitudes de los demás.

Veo gente que ante una dificultad, se enfrasca en ella y se dedica a quejarse, vociferar, maldecir, sin pronunciar nada útil que le sirva para salir de dicha situación. Veo también al que suele interpretar como un ataque las palabras de alguien, o al que piensa que lo que dice otro es para herirlo premeditadamente. En resumen, veo que toda esa ansiedad viene de ADENTRO.

Viene de la forma como coloreamos las cosas. Y por lo general las pintamos de negro cada vez que tenemos la oportunidad. ¿Por qué?, porque muchas veces asumimos uno de los roles más simples y cobardes, el papel de víctimas. Y la razón por la cual nos agrada este papel es porque es tan pobre nuestro amor propio que la única estrategia que encontramos de reconocimiento es rebajarnos para que el otro se conduela de nosotros y “nos tenga en cuenta”. Es decirle al otro “Mírame, yo valgo, ¿por qué me haces esto?”

A veces pasa lo contrario y el ego se eleva a tal nivel que se siente superior a todo lo demás. Así que si ocurre algo que no le agrada o le dicen algo que no le gusta, lo reprocha como una forma de hacerse valer ante el otro. Es decir: “Mira quién soy!, ¿quién eres tú para hacerme esto a MI?”

Pero tanto la una como la otra, aunque aparentemente opuestas, son actitudes que demuestran el mismo asunto: Rol de baja estima. Porque si uno estuviera seguro de lo que ES y lo que tiene, todo lo externo no tendría porqué afectarnos ni para bien ni para mal. Pero este sería un estado casi de perfección, lo cual es prácticamente imposible en este mundo de dualidades.

De todas formas el trabajo que tenemos todos es irnos acercando a ese punto intermedio paulatinamente. La persona entre más desapegada se encuentre al reconocimiento y a las situaciones exitosas; entre menos espera ser complacido por la vida, como si ella estuviera en deuda con él y no viceversa, menos teme a la palabra dura del otro y a los retos, mal llamados problemas. Esto no es fácil definitivamente, porque todos estamos a la expectativa a cada rato. Estamos a la espera de mejores oportunidades y a la espera de una cambio en los demás.

Pero somos nosotros los que pintamos la vida y por lo tanto, somos nosotros los que buscamos la oportunidad construyendo en el día a día las rutas que nos conducen a ella con creatividad y constancia. Somos nosotros los responsables de cambiarnos a nosotros mismos, y cambiando nosotros influenciamos a los demás. Pero esperar a que otro se comporte como uno quiere es una fantasía, pues el otro es el único que tiene el poder de transformarse.

Así pues, hay que dedicarse a cambiarle el color a las cosas que nos rodea, si queremos ser más felices y sanos. Mientras iba caminando, pensaba en estas cosas y me imaginaba viendo como todo lo externo que se cruzaba en mi ruta lo podía ver con buenos ojos. Cómo era capaz de ver en aquello que para la mayoría es causa de dolor, una oportunidad de aprendizaje o hasta cosas buenas en verdad. Cómo iba separando las palabras de los otros, por más duras e insensibles que fueran, de su propia y verdadera esencia. Cómo uno, volviéndose un pintor de la vida, podía dar tonalidades hermosas y brillantes, a entonaciones tristes y despreciativas, dándoles quizás un toque de humor, o ponerle un vestido colorido y vistoso a un grito, comprendiendo la debilidad de no ser capaz de manejar el mundo emocional por un momento.

Me vi pintando una tarde de lluvia, e incluso una tormenta con el color de la emoción vibrante, esa que despereza al alma y le da energía para tener el valor de caminar bajo el azote del agua. Y tal vez coloreando de placer la forma en que las gotas me empapan la ropa y me recorre las mejillas.

Que bueno sería hacer lo mismo con todo lo que pasa en nuestra vida. Esa sería una de las mejores terapias para sanar la mente y de ahí para abajo todos nuestros otros cuerpos, porque en la medida que devolvemos a cada cosa que observamos su verdadera dimensión, que nada es tan malo como uno suele creer, ni tan bueno que se vuelva imprescindible, nos liberamos poco a poco. Y nuestra mente en paz y menos contaminada de tristeza o resentimiento, genera la magia de la autocuración.

Hay que pintar de color blanco todo, entonces, devolviéndole su verdadera luz; porque en todo, absolutamente en todo, al poseer la luz de Dios, aunque sea tan pequeña y tenue como la del amanecer, puede versen los colores del arco iris, y quien solo puede ver el negro, está ciego.

Ponerle colores a la vida, a lo que nos pasa, a lo que nos dicen, e incluso al propio mundo interior que nos pertenece, es una tarea de discernimiento; es clarificar la mente y no ensuciarla con el miedo absurdo de que las cosas pueden hacernos daño, porque solo puede dañarnos aquello a quien nosotros mismos le damos el poder para hacerlo, aquello que pintemos de negro.

Denyse Gómez



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