El Perdón



Nota introductoria:

El autor del primer texto que presentamos a continuación, ha hecho referencia en su libro “La Maestría del Amor” a las claves que, en su momento, el propio Maestro Jesús predicó, enfocándolas hacia la sanación emocional. Nos recuerda a todos que la verdad es el primer paso que dispone las viejas heridas emocionales para que sanen, continuando luego con el perdón, a manera de limpiador de las mismas y finalmente aprendiendo el arte de amar como medida última de curación total. Siguiendo con este orden hemos querido presentar como siguiente artículo especial el tema del Perdón.




      PERDONAR PARA LIMPIAR EL CORAZÓN

Cuando estamos dispuestos a ver con los ojos de la verdad, destapamos algunas mentiras y abrimos las heridas. Pero las heridas todavía están llenas de veneno. Por lo tanto, una vez abiertas, las limpiaremos para eliminar todo el veneno. Pero ¿cómo lo haremos? El mismo maestro nos dio la solución hace dos mil años: el perdón. El único medio para limpiar las heridas y desprendernos del veneno es el perdón.

Debes perdonar a quienes te hirieron aunque, en tu mente, todo lo que te hicieron resulte imperdonable. Los perdonarás no porque merezcan tu perdón, sino porque no quieres sufrir y causarte más dolor a ti mismo cada vez que recuerdes lo que te hicieron. No importa lo que otras personas te hiciesen, las perdonarás porque no quieres sentirte permanentemente enfermo. El perdón es necesario para sanar tu mente. Perdonarás porque sentirás compasión de ti mismo. El perdón es un acto de amor hacia uno mismo.

Para ilustrar lo que acabo de decir te pondré el ejemplo de la mujer divorciada. Imagínate que has estado casada durante diez años, y por la razón que sea, tienes una gran pelea con tu marido a causa de una injusticia. Te divorcias de él; realmente no puedes soportarle. Sólo con oír su nombre sientes un fuerte dolor en el estómago y tienes ganas de vomitar. El veneno emocional es tan fuerte que eres incapaz de soportarlo más. Necesitas ayuda, de modo que acudes a un terapeuta y le dices: «Estoy sufriendo mucho. Estoy llena de enfado, de celos y de envidia. Lo que hizo es imperdonable. No aguanto a ese hombre».

El terapeuta te mira y te dice: «Necesita liberar sus emociones; necesita expresar su enfado. Lo mejor sería desahogar sus emociones con una gran pataleta. Coja una almohada, golpéela y libere su enfado». De modo que eso es lo que haces: montas una pataleta colosal y liberas todas esas emociones. Realmente parece funcionar. Le pagas cien dólares y le dices: «Muchas gracias. Me siento mucho mejor». Finalmente, aparece una gran sonrisa en tu rostro.

Abandonas la consulta del terapeuta, y ¿adivinas quién se te cruza por delante con el coche? Cuando ves a tu ex marido vuelves a sentir la misma cólera de inmediato, sólo que peor. Tienes que volver corriendo al terapeuta y desembolsar otros cien dólares para desahogarte de nuevo. Liberar tus emociones de esta manera sólo proporciona una solución temporal. Quizá te ayude a desprenderte de una determinada cantidad de veneno emocional y te sientas mejor momentáneamente, pero no curas tu herida.

El único medio para sanar tus heridas es a través del perdón. Tienes que perdonar a tu ex marido por la injusticia que cometió contigo. Ahora bien, sólo sabrás que has perdonado a alguien cuando lo veas y ya no sientas nada, cuando escuches su nombre y no experimentes ninguna reacción emocional. Por lo tanto, cuando seas capaz de tocar una herida emocional y ya no sientas dolor, entonces sabrás que verdaderamente has perdonado. Evidentemente, en ese lugar te quedará una cicatriz, del mismo modo que te queda en la piel. Recordarás lo que sucedió, cómo eras antes, pero una vez que la herida se haya curado, dejará de doler para siempre.

Tal vez pienses: «De acuerdo. Es fácil decir que debemos perdonar. Lo he intentado, pero no soy capaz de hacerlo». Tienes muchas razones, muchas justificaciones por las cuales no puedes perdonar. Pero no es verdad. La verdad es que no puedes perdonar porque aprendiste a no hacerlo, porque eso es lo que practicaste, porque llegaste a ser un maestro de la falta de perdón.

Durante una época, de pequeños, el perdón era nuestro instinto natural. Antes de habernos contagiado de esta enfermedad mental, perdonar nos resultaba fácil y normal. Acostumbrábamos a perdonar a los demás de una manera casi instantánea. Si observas a dos niños que juegan juntos y empiezan a pelearse y a pegarse entre ellos, comprobarás que, de pronto, rompen a llorar y corren hacia sus madres. «¡Eh, me ha pegado!» Una de las madres se acerca a la otra para hablar con ella. Las dos se pelean, y, sin embargo, a los cinco minutos, los dos niños están jugando juntos otra vez como si no hubiera sucedido nada, mientras las dos madres se detestarán la una a la otra el resto de su vida.

No tenemos que aprender a perdonar porque ya nacemos con la capacidad de hacerlo. Pero ¿adivinas qué nos ha ocurrido? Pues que hemos aprendido y practicado la conducta opuesta, y ahora nos resulta muy difícil perdonar. Cuando una persona nos hace algo, ya está, nos olvidamos de ella, queda expulsada de nuestra vida.

Convertimos el asunto en una guerra de orgullo. ¿Por qué? Pues porque nuestra importancia personal crece cuando no perdonamos. Al decir: «Haga lo que haga no la perdonaré. Lo que hizo fue imperdonable», nuestra opinión parece cobrar importancia.

El verdadero problema reside en el orgullo. A causa del orgullo y del honor, añadimos más leña al fuego de la injusticia a fin de que nos recuerde que no podemos perdonar. Pero ¿adivinas quién es el que va a sufrir y a acumular más y más veneno emocional? Pues nosotros mismos, ya que sufriremos por las cosas que hagan las personas que nos rodean, aun cuando no tengan ninguna relación con nuestra persona. También aprendemos a sufrir con el único propósito de castigar a la persona que nos maltrató. Nos comportamos como niños pequeños que montan una pataleta para llamar la atención. Me hiero a mí mismo sólo para decir: «Mira lo que estoy haciendo por tu culpa». Es una gran broma, pero eso es exactamente lo que hacemos. Lo que realmente queremos decir es: «Dios, perdóname», pero no diremos una palabra hasta que Dios venga y nos pida primero que le perdonemos. En muchas ocasiones ni siquiera sabemos por qué estamos tan disgustados con nuestros padres, nuestros amigos, nuestra pareja. Estamos disgustados y si, por alguna razón, la otra persona nos pide que la perdonemos, nos echamos a llorar de inmediato y decimos: «Oh, no, perdóname tú a mí».

Ves a buscar al niño pequeño que está en el rincón con una rabieta. Coge tu orgullo y tíralo a la basura. No lo necesitas. Sencillamente, libérate de tu importancia personal y pide perdón. Perdona a los demás y verás cómo los milagros empiezan a suceder en tu vida.

En primer lugar, haz una lista de todas las personas a las que crees que necesitas pedir perdón, y acto seguido, pídeles perdón. Aunque no tengas tiempo de llamarlas a todas, pide perdón en tus oraciones y a través de tus sueños. En segundo lugar, haz otra lista de todas las personas a quienes necesitas perdonar. Empieza por tus padres, hermanos y hermanas, tus hijos, tu cónyuge, tus amigos, tu amante, tu gato, tu perro, el gobierno y Dios.

Ahora perdonarás a los demás porque sabes que, independientemente de lo que alguien te hiciese, no tenía nada que ver contigo. Cada uno sueña su propio sueño, ¿recuerdas? Las palabras y los actos que te hirieron fueron, meramente, la reacción de esa persona a los demonios de su propia mente. Está soñando en el infierno y tú no eres más que un personaje secundario de su sueño. Nada de lo que hace nadie es por ti.

Una vez que cobres esta conciencia, y no te lo tomes como algo personal, la compasión y la comprensión te conducirán al perdón. Empieza a trabajar en el perdón; empieza a practicar el perdón. Al principio cuesta, pero después se convertirá en un hábito. El único medio de recuperar el perdón es volver a practicarlo. Practica incansablemente hasta que, al final, puedas comprobar si eres capaz de perdonarte a ti mismo. En un momento determinado, descubres que tienes que perdonarte a ti mismo por todas las heridas y el veneno que tú mismo creaste en tu propio sueño. Cuando te perdonas a ti mismo, empiezas a aceptarte, y entonces, el amor por tu persona crece. Ese es el perdón supremo: perdonarte a ti mismo.

Miguel Ruíz, del Libro "La Maestría del Amor"


      EL PERDÓN

El tema del día era resentimiento y el maestro nos había pedido que lleváramos papas y una bolsa de plástico.

Ya en clase elegimos una papa por cada persona que guardábamos resentimiento. Escribimos su nombre en ella y la pusimos dentro de la bolsa. Algunas bolsas eran realmente pesadas.

El ejercicio consistía en que durante una semana lleváramos con nosotros a todos lados esa bolsa de papas. Naturalmente la condición de las papas se iba deteriorando con el tiempo. El fastidio de acarrear esa bolsa en todo momento me mostró claramente el peso espiritual que cargaba a diario y cómo, mientras ponía mi atención en ella para no olvidarla en ningún lado desatendía cosas que eran más importantes para mí.

Todos tenemos papas pudriéndose en nuestra "mochila" sentimental. Este ejercicio fue una gran metáfora del precio que pagaba a diario por mantener el resentimiento por algo que ya había pasado y no podía cambiarse. Me di cuenta que cuando hacía importantes los temas incompletos o las promesas no cumplidas me llenaba de resentimiento, aumentaba mi stress, no dormía bien y mi atención se dispersaba.

Perdonar y dejarlas ir me llenó de paz y calma, alimentando mi espíritu. La falta de perdón es como un veneno que tomamos a diario a gotas pero que finalmente nos termina envenenando.

Muchas veces pensamos que el perdón es un regalo para el otro sin darnos cuenta que los únicos beneficiados somos nosotros mismos. El perdón es una expresión de amor. El perdón nos libera de ataduras que nos amargan el alma y enferman el cuerpo.

No significa que estés de acuerdo con lo que pasó, ni que lo apruebes. Perdonar no significa dejar de darle importancia a lo que sucedió, ni darle la razón a alguien que te lastimó. Simplemente significa dejar de lado aquellos pensamientos negativos que nos causaron dolor o enojo.

El perdón se basa en la aceptación de lo que pasó. La falta de perdón te ata a las personas desde el resentimiento. Te tiene encadenado. La falta de perdón es el veneno más destructivo para el espíritu ya que neutraliza los recursos emocionales que tienes.

El perdón es una declaración que puedes y debes renovar a diario. Muchas veces la persona más importante a la que tienes que perdonar es a ti mismo por todas las cosas que no fueron de la manera que pensabas. "La declaración del Perdón es la clave para liberarte". ¿Con qué personas estás resentido? ¿A quiénes no puedes perdonar? ¿Tú eres infalible y por eso no puedes perdonar los errores ajenos? "Perdona para que puedas ser perdonado" "Recuerda que con la vara que mides, serás medido..."

Mensaje anónimo tomado de internet


      PERDONAR NO ES OLVIDAR

Perdonar no es olvidar. Incluso es mejor que no olvides nunca las lecciones aprendidas. Cuando aparece el perdón de forma natural es porque has conseguido comprender, o porque conseguiste ponerte en el lugar del otro, e incluso agradecerle lo que hizo, porque aprendiste y ascendiste. El que te hirió, fue un agresor, incluso fue ignorante, pero fue también tu maestro. Confía en las experiencias. Tienen un sentido. Ignora el dolor. Es incomprensión. El rencor, también. Cuando conviví con mi amado, pude ver a diario como practicaba el perdón con centenares de personas que no aprobaban sus actitudes. El entorno no era fácil, como tampoco lo es ahora; no estáis en una época cómoda, aunque lo parezca. Y esta es la mejor época realmente para practicar el verdadero perdón. Fue precisamente la práctica diaria de mi amado, su constancia y su coherencia con el perdón, con la comprensión y con el amor, lo que a mí más me tocó el alma; y lo que me convenció de su grandeza. Fue de sus actos de lo que más aprendí a amar, no de sus palabras. Ser coherente con el Amor no es fácil, pero es posible.

Sección de un artículo presentado en hermandadblanca.org


      EL PERDÓN: CAMINO DE SABIDURIA Y FELICIDAD

El perdón no es un simple mecanismo para liberar de culpa a quien nos ofendió, el perdón es un mecanismo para que yo sea libre de la amargura que dejó esa acción en mi corazón. Yo puedo decidir perdonar a alguien, que no está arrepentido de verdad de haberme dañado, porque mi intención al perdonar, no es que esa persona quede libre de culpa, si no que yo quede libre en mi interior, que yo tenga paz, que yo pueda vivir bien, que haya desatado la amarra que me tenía detenido en el puerto.

Es muy importante saber, que el perdón no exime de culpa al ofensor, sino que libera al ofendido. Usted y yo necesitamos decidir perdonar, para ser libres de las heridas del alma. He escuchado muchas veces la frase: "yo perdono, pero no olvido", y pensamos seriamente que si no olvidamos, es debido principalmente a que realmente no hemos olvidado, pero esto también es un error, el perdón no implica nunca que olvidemos todo, el perdón no produce amnesia, no es indispensable que olvidemos para perdonar, puedo perdonar y estar consciente del daño que se me hizo, pero he decidido que ya no me va a afectar nunca más en mi vida.

Hay un punto muy importante es que podemos decidir perdonar, tomamos la decisión de ya no traer al presente las cosas pasadas, incluso nos mantenemos firmes en la decisión de no criticar, ni agredir a la persona que nos ofendió. Sin embargo, no podemos decidir dejar de sentir. Si usted quiere de verdad, que se vaya lejos lo que siente, no depende exclusivamente de usted, pero no es imposible dejar de sentir.

Cuando usted decida perdonar de una vez a alguien, es indispensable que lo confiese con su boca, no piense en el perdón, hable el perdón, no importa que usted esté sólo, quizás va en su cómodo automóvil escuchando música y piense: "si yo necesito perdonar, yo debo perdonar, yo quiero ser libre de la culpa que otra persona me hizo a mí en su momento", pero no es suficiente que usted lo piense, hay que confesarlo con su boca, aunque usted esté sólo en un lugar, que salga de su boca libremente, hay una marcada diferencia inmensa entre pensarlo y hablarlo; con nuestra boca tenemos el poder para la vida y poder para la muerte, poder para atar y poder para desatar. ¡Confiéselo!, cuando lo hablan, sienta esa libertad, ese peso extra que se va, tal vez acompañado de lágrimas, tal vez acompañado de tristeza y de llanto, pero finalmente un ser libre.

Los pasos principales para perdonar a alguien son los siguientes, a saber:

a.. Identifique plenamente la herida específica que le hicieron, y la persona que se lo hizo.

b.. Decida perdonarla a pesar de lo que siente en su corazón.

c.. Confiese con su boca ese perdón aunque usted esté sólo, no tiene que ir a decírselo a aquella persona; lo puede hacer usted en la privacidad donde se encuentre en ese momento.

d.. Yo podría ir y decirle a alguien: "te perdono por esto y aquello", y aquella persona decir: "pues mira si te lo puedo volver a hacer lo repito otra vez".



e.. Recuerde que el perdón no es para liberar de culpa al otro, sino para que yo sea libre de las heridas del alma.

f.. Acérquese a Dios y dígale desde el fondo de su alma: "Señor, yo decido perdonar, quítame lo que siento, borra de mi corazón estas heridas, dame un corazón nuevo, te entrego el mío, ven a mi vida Jesucristo a ti te lastimaron profundamente, a ti te dañaron y te atreviste a decir a tu padre: "perdónalos porque no saben lo que hacen", ¡Señor, yo te digo hoy perdona a tal persona, porque me lastimó profundamente, y llévate de mi corazón este amargo sentimiento!, "yo hago mi parte, tu haz la tuya".

También nosotros hemos lastimado a mucha gente, con intención ó sin ella, hemos herido profundamente el alma de nuestros seres queridos; hay que pedirles perdón. Las situaciones que recordamos en las que estamos conscientes que los hemos ofendido, necesitamos anotarlas, y debemos decirles: "perdóname".

Si usted no puede ir haga uso de una llamada telefónica, de una carta, de un correo electrónico ó de una tarjeta de disculpa, y dígale desde dentro de su corazón: "yo te lastimé en aquella ocasión, con esto y con está otra situación, te pido de corazón que me perdones", si la persona lo perdona ó no ese no es problema suyo, usted ya es libre de ese nudo, que lo tenía amarrado en su corazón. Usted y yo no podemos decidir que los demás desaten sus propios nudos.

El perdón es un mecanismo para que nuestro corazón sane de las heridas, para que nuestra alma brille, para que nuestra vida vaya en aumento, para que usted y yo podamos desarrollar este potencial que poseemos y que nadie nos puede quitar nunca.

Autor: Rafael Ayala
Tomado de http://www.leonismoargentino.com.ar/RefElPerdonCamino.htm


      CÓMO PEDIR PERDÓN

Todos conocemos ese sentimiento. Dijiste algo inapropiado sobre alguien y ese alguien se enteró. Tal vez, te ayudaste a ti mismo apropiándote del esfuerzo de otra persona. O, en una de esas, robaste. O mentiste. O leíste el diario íntimo de tu hija.

En cualquier caso, desde que lo has hecho, das vueltas en la cama, sientes una opresión en el pecho, comes y bebes demasiado, y tienes dolores de cabeza.

Valeria, de 50 años de edad, estaba atravesando un divorcio y su hermano era su pilar principal, hablando telefónicamente con ella durante sus solitarias noches. Al poco tiempo, ella encontró al hombre de sus sueños, se mudó, y prácticamente desapareció. Estaba tan sumergida en su nueva vida que se olvidó por completo de su hermano. Hasta se olvidó de llamarlo para su cumpleaños.

Fue para esta época que comenzaron las noches de insomnio. Ella sentía tanta vergüenza que no podía hacerle una llamada. Sabía que lo había lastimado, y que bien podría estar furioso. Finalmente, se animó a llamarlo un día. Sí, él estaba dolido, pero entendió la situación. Por su parte, ella volvió a conciliar el sueño —y a hablar con su hermano—.

En relación con este tema, se llevó a cabo una investigación en la Universidad de California, Los Angeles, en la que se encuestó a 100 mujeres —todas modelos de rol con una actitud positiva—. La característica clave fue su habilidad y su deseo de terminar los asuntos pendientes. He aquí lo que surgió:

Etapas de la vida

La etapa uno corresponde a la pequeña niña buena. Sin importar cuál sea su edad, las mujeres en esta etapa pueden disculparse por todo, incluso por cosas que no son necesarias. Ellas necesitan agradar a las personas.

La etapa dos es un período de rebelión. Las mujeres pueden revelarse en contra de la fase anterior, y ahora no se disculparán en absoluto. Ellas se muestran enfadadas gran parte del tiempo.

La tercera etapa corresponde a la sabiduría. Cuando las mujeres superan la etapa de seguir las reglas y la de las reacciones desmedidas, toman lo mejor de las dos. Esto significa que tienen una urgencia de reconciliar lo que consideran defectos legítimos.

En términos de salud, las mujeres que atraviesan las dos primeras etapas tienden a experimentar más desórdenes relacionados al estrés y a la ansiedad.

Por otra parte, un estudio realizado en 2002 por investigadores de la College and Virginia Commonwealth University mostró que la frecuencia cardíaca, la presión arterial, los niveles de sudoración y la tensión facial disminuían en las víctimas de equivocaciones cuando se imaginaban a sus ofensores pidiéndoles disculpas.

Cómo decir que lo sientes

Si la disculpa no es sincera, ni quien pida las disculpas ni quien las reciba saldrán beneficiados. Pedir perdón puede ser algo muy difícil. Es un asunto de ego. Es humillante admitir el error y decir perdón. Significa que has hecho algo que no deberías haber hecho y que lo sabes. Ahora, es el momento de asumir la responsabilidad.

No obstante, sólo será beneficioso cuando verdaderamente sientas y entiendas lo que estás haciendo. De lo contrario, sólo serían palabras vacías. Es decir, si envainas la espada para hacer la paz, no puedes dejar el mango afuera —y estar listo para volver a tomarla—.

En ese sentido, es recomendable evocar una vieja plegaria de la tradición budista. Antes de ofrecer una disculpa o levantar el teléfono, siéntate confortablemente, y siente el peso de no haberte compadecido de ti mismo. Después de que lo hayas sentido profundamente, di para tus adentros: “he lastimado a alguien por mi ignorancia, ira, o confusión, y ahora pido que se me otorgue el poder para perdonarme”.

Antes de que puedas pedirle a alguien que te perdone, debes perdonarte a ti mismo. No serás capaz de nutrirte del perdón si no te perdonas primero. En otras palabras, el remordimiento seguirá achacando tu cabeza por las noches

Lo que no debes decir

Aquí van algunos ejemplos de formas inapropiadas de pedir disculpas:

* “Si he ofendido a alguien, pido disculpas”. Grave error. Nada de “si”, nada de condicionales. Este tipo de frases son típicas del falso arrepentido.

* “Realmente estoy arrepentido, pero no soy el único culpable de lo ocurrido”. Error. Lo que hayan hecho los demás es irrelevante a la hora de pedir disculpas por tus malas actitudes.

Hay quienes creen el perdón es una especie de líquido corrector, que borra lo hecho. Generalmente, los que piensan así intentan convencerse de su accionar mediante frases del estilo de “Perdonar es olvidar”.

Estos individuos, al ser perdonados, creen que se resetea el sistema y pueden volver a ofender tranquilamente —para luego volver a ser perdonados—. Esto también es poco sincero.

Cambiar las células

Hay quienes dicen que los cambios en los pensamientos pueden programar la estructura celular para proveer beneficios a la salud. Cuando dices una mentira, según la medicina china, la mentira queda atrapada en el cuerpo a nivel celular.

Puede sentirse como un nudo. Cuando pides disculpas, el cuerpo conoce la verdad de lo que hayas querido decir. Tú tienes la posibilidad de cambiar tu cuerpo, porque tú eres quien está a cargo de tus pensamientos.

Aceptación o no

No es obligatorio que la otra persona acepte tu pedido de disculpas para conseguir los beneficios a nivel de la salud. Es posible que tus disculpas nunca sean aceptadas, y tú deberás encontrar una forma para vivir con ello.

Cuando te aferras a los problemas y equivocaciones, es como si tuvieras unido a un ancla que te arrastra hacia el fondo de un abismo. Tus mejores pensamientos aparecerán cuando estés en paz contigo mismo. Y tus mejores noches de sueño también.

Tomado de cursos En Plenitud.


      El otro y yo

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