Honestidad. Todo es más fácil.
Con frecuencia la honestidad nos turba. La verdad puede ser dura e incómoda, el que la
dice peca de falta de tacto, el que la recibe se disgusta por la revelación. «No me gusta
cómo te has cortado el pelo», «La comida que has preparado está sin sabor», «No me apetece
estar contigo esta noche», «Utiliza el desodorante», «Mamá, soy homosexual».
De entrada parece que decir la verdad es más incómodo y complicado que mentir. Es
justamente esta convicción la que nos lleva a mentir, con el fin de ocultar nuestras
debilidades y evitar dar explicaciones o crearnos problemas, por pereza o quizá por temor.
Pero es mentir lo que, a la larga, resulta más difícil y nos complica la vida.
La máquina detectora de mentiras se basa en este principio. Cuando mentimos, sometemos
nuestro cuerpo a un estrés. El estrés puede medirse: la sudoración, las palpitaciones,
la tensión muscular y arterial aumentan. Nosotros no nos percatamos de esos síntomas,
pero son fácilmente detectables mediante instrumentos científicos. Cuando mentimos,
confiamos en que no se note. Cuando fingimos, realizamos un gran esfuerzo, pues debemos
inventar una mentira y nos preocupa que nos descubran. Procuramos evitar que se descubra
el engaño, lo cual intensifica nuestra ansiedad. ¡Qué trabajo!
La exploración computarizada de la actividad cerebral muestra que cuando mentimos nuestro
cerebro realiza unas complejas operaciones que son innecesarias cuando decimos la verdad.
El científico que inventó este método sostiene que el cerebro dice la verdad «por defecto»,
lo que significa que estamos programados para ser honestos.
Ser transparentes es un alivio. Las aguas turbias ocultan un sinfín de sorpresas
desagradables. El agua clara nos muestra el fondo del mar, la basura y el detritus en
caso de que existan, y al mismo tiempo los peces multicolores, las conchas, las estrellas
de mar. La honestidad nos permite mirar a otro a los ojos y ver a través de ellos su
corazón, porque no existe velo alguno, ni engaño. Nos permite mostrarnos tal como somos,
y mirar a los demás de frente, sin desviar la mirada.
La honestidad funciona en sentido bilateral: hacia nosotros mismos y hacia los demás.
Conocernos a nosotros mismos, es la condición sine qua non de la salud mental. No podemos
conocernos si permanecemos aislados. En primer lugar debemos dejar que los otros nos
conozcan, sin mentiras ni dobleces. Todos los síntomas neuróticos, como el temor a salir
de casa o la depresión, no son sino unas barreras que erigimos para ocultarnos de los
demás. Tan pronto como nos volvemos más transparentes, empezamos a sentirnos mejor. No
obstante, también podemos aprender, paralelamente, a ser honestos con nosotros mismos,
a escrutar con mirada firme nuestro mundo interior sin que éste nos produzca rechazo.
Escribir sobre nosotros mismos es una forma de conectar con nuestras emociones, una
autorrevelación, lo cual nos permite conectar mejor con los demás.
En La Divina comedia, Dante describe a los hipócritas en el infierno. Éstos van cubiertos
con una pesada capa metálica: dorada por fuera, pero de plomo por dentro. Es agobiante
arrastrar esta reluciente capa, tan falsa como pesada, que representa lo que no son y
jamás pueden ser. El no tener que fingir simplifica nuestra vida. Por otra parte, pasarse
la vida fingiendo ser lo que uno no es requiere un esfuerzo gigantesco.
La honestidad, a veces tan dura, tiene mucho en común con la bondad, aunque puedan parecer
opuestas. Porque si en la base de la bondad hay falsedad, deja de ser bondad y se convierte
en falsa cortesía. No brota del corazón, sino del temor a arriesgarse, a provocar una
reacción violenta o a afrontar acusaciones y disputas. ¿Qué prefieres: la bondad auténtica,
dispuesta siempre a decir la verdad por incómoda que sea, o la educación de alguien que
evita la confrontación, que asegura estar divirtiéndose cuando se aburre, que dice sí
cuando quiere decir no, y que sonríe cuando se retuerce por dentro?
Existen muchas personas que dicen Sí cuando quieren decir No. Incluso han dicho sí a
importantes compromisos, como el matrimonio, la adquisición de una vivienda, un contrato
laboral. Y han dejado que otros utilizaran y abusaran de su tiempo y espacio. («¿Por qué
no sales con nosotros esta noche?», «¿Puedes hacer este trabajo por mí?», «¿Puedes
quedarte con mis dos gatos mientras estoy fuera?» «¿Puedo quedarme en tu casa unas semanas?»
«Por supuesto.»)
La incapacidad de pronunciar la palabra mágica en ocasiones conduce al
desastre. Hace que las personas convivan con alguien que les repele, en una casa en la
que no se sienten a gusto, que realicen el trabajo de otros y que pierdan la serenidad
de ánimo. Las obliga a vivir una vida que no es la suya, y todo porque no tienen el coraje
y la honestidad de decir una sencilla palabra, firme y sincera, que salvaría sus vidas
y las de otros: «NO».
En un libro para niños, Jorge y Marta, dos hipopótamos, que son muy amigos, sufren los
lógicos altibajos de la amistad. Un episodio es cuando Jorge visita a Marta, quien se
afana en preparar su especialidad para cenar: sopa de arvejas. Jorge detesta este plato,
pero no tiene el valor de decírselo a Marta. De modo que mientras ella está en la cocina,
Jorge vierte disimuladamente la sopa dentro de sus zapatos, fingiendo habérsela comido y
disfrutado. Pero Marta descubre el engaño. Tras unos momentos de turbación, ambos llegan
a la conclusión de que, precisamente porque son amigos, deben decirse la verdad. El no
tener que comer un plato que no nos gusta es un ejemplo simbólico. Si nos lo comiéramos,
no lo digeriríamos, como todo lo que hacemos a regañadientes porque no tenemos el valor
de negarnos. A veces, para ser amables, debemos aprender en primer lugar a cuidar de
nosotros mismos.
Una vez Albert Schweitzer fue invitado por la familia real noruega a un banquete en su
honor, después de haber ganado el Nóbel de la Paz. Le sirvieron arenque, un pescado que
detestaba. Por una parte se sentía obligado a cumplir con el requisito de no dejar comida
en el plato, y por otra no quería desairar a sus anfitriones negándose a comer el arenque.
De modo que cuando la reina, que estaba sentada a su lado, se volvió unos instantes hacia
el otro lado, Schweitzer se guardó el arenque en el bolsillo de la chaqueta.
—¡Qué rápidamente se ha comido el arenque! —comentó la reina con una sonrisa—. ¿Le apetece otro?
Schweitzer no deseaba ofender a nadie, y había solventado el problema ocultando el
arenque en su bolsillo. Él también fue incapaz de decir no, al menos en esta ocasión. Es
probable que, pese a su inocente ardid, no consiguiera digerir bien la comida, pues años
más tarde no se resistió a relatar esta historia. Me pregunto cuántos llevamos un arenque
en el bolsillo.
Obrar honestamente —incluso a riesgo de decir una verdad desagradable, o decir no y
contrariar a otros—, si se hace con inteligencia y tacto, a la larga es preferible,
porque así respetamos nuestra integridad y reconocemos la capacidad en los demás de ser
competentes y maduros.
Piensa en cómo te sentirías si descubrieras que alguien trataba de protegerte, por ejemplo
ocultándote la gravedad de una enfermedad, no revelándole un asunto espinoso del que todo
el mundo estaba al corriente, no diciéndote que se te había corrido el maquillaje. Todo
por educación, para protegerte. Sin duda te sentirías subestimado, incluso traicionado.
¿Por qué no ha tenido nadie el valor de decírmelo?
La honestidad es una conquista. Debemos aprenderla paulatinamente, lo cual hace que
seamos más fuertes y maduros. Los antiguos aztecas creían que nacemos sin rostro y que
lo adquirimos poco a poco, a medida que nos desarrollamos. Pero esto sólo lo conseguimos
honrando la verdad. Si mentimos, o si no sabemos lo que queremos decir, tendremos un
rostro sin forma. Sólo si poseemos un rostro auténtico podremos salir de Tlalticpac, el
mundo de los sueños.
Ser honesto significa reconocer un problema, en lugar de fingir que no existe. Un padre
que su hijo debía regresar a la escuela después de las vacaciones. La perspectiva no le
gustaba y se sentía angustiado. Para él, el siguiente curso escolar era un monstruo que
le amenazaba y quería aplastarlo. ¿Qué puede hacer un padre o una madre en esa situación?
El padre trato de animarle, distraerle, convencerle de que no era tan horrible como imaginaba,
pero fue en vano.
Se le ocurrió ofrecerle algo que supuso que resolvería el problema, algo que en su familia
es casi tabú: un plato de papas fritas en un restaurante de comida rápida. El hijo suele
sentirse atraído por todo lo prohibido, especialmente por la comida basura. El padre
creyó que había dado en el clavo. Pero se equivoco. La respuesta del hijo es digna de
esculpirla en piedra: —Papá, no puedes resolver un problema con papas fritas.
No podemos fingir que los problemas no existen, ni resolverlos con distracciones efímeras.
Debemos afrontarlos con valentía y honestidad. Ofrecer papas fritas a un hijo para consolarlo
y aliviar su angustia no fue un acto de bondad. Se había optado por la solución más fácil,
demasiado fácil. Había hallado la forma más cómoda de salirme del aprieto. Su respuesta
fue una lección de honestidad.
La honestidad no sólo tiene que ver con los aspectos difíciles e ingratos de la vida,
sino que está relacionada, en mayor medida, con los aspectos creativos y hermosos. A
menudo, por extraño que parezca, ocultamos estos aspectos: nuestra ternura, nuestra
buena fe, nuestros pensamientos originales, nuestra capacidad de conmovernos. En parte
lo hacemos por un sentido de discreción: no queremos abrumar a los demás con nuestras
emociones. Pero principalmente lo hacemos para protegernos. No queremos que los otros
nos vean así. Nos sentiríamos débiles, vulnerables, incluso ridículos. Es preferible
parecer un poco cínico, incluso duro, o, cuando menos, no arriesgarnos a mostrar nuestros
sentimientos y emociones. No obstante, de esa forma nos separamos de la parte más
espiritual y hermosa de nuestro ser. E impedimos que los otros la vean.
Ser honesto es más fácil que mentir. La mentira tiene mil caras, la verdad sólo una.
Podemos fingir que sentimos unas emociones que en realidad no sentimos, ser muchas personas
que no somos. Pero si dejamos de fingir, todos los artificios y esfuerzos que apuntalan
nuestra vida se desmoronan. ¡Qué alivio!
Lo débiles y torpes que nos mostramos muchas veces cuando tratamos de ocultar nuestros
sentimientos. Y lo importante que es, dentro de los límites del tacto y el buen gusto,
ser sinceros y demostrar sin tapujos lo que sentimos y quiénes somos. ¿Cuándo somos más
amables, cuando ocultamos nuestro calor, nuestros sueños, nuestras dudas y nuestro sentido
del humor, o cuando los revelamos?
La honestidad no sólo es compatible con la bondad auténtica, sino que constituye su
misma base. La falsa bondad contamina y dificulta la auténtica bondad. Si uno no vive en
la verdad, no puede comunicarse con otros, no puede confiar, no puede relacionarse con
los demás. Si uno no llama a las cosas por su nombre, por duro que sea, vive en un mundo
de sueños. No hay sitio para ti y para mí, sólo para perniciosas quimeras. En tanto en
cuanto mentimos, vivimos una vida despojada de realidad. Y la bondad no puede existir
en un mundo de máscaras y fantasmas.
Artículo facilitado por Maria Inés Troncoso
Colaboradora Contactos de Luz
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