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Son muchos los discursos bonitos que solemos decir acerca del inegoísmo y del amor al otro. Yo incluso, suelo pronunciarlos con regularidad y siento que es una certeza de mi alma buscar la manera de servir permanentemente a los demás. Incluso siento cosas realmente hermosas hacia muchas personas y en ciertos instantes me invade un aire de inmensa ternura por la gente y las cosas que me rodea.

Pero una cosa son los pensamientos y los sentimientos y otra las acciones, las verdaderas demostraciones de ese amor que uno divulga a boca llena.

Cuando de demostrar afecto se trata uno comete equivocaciones incluso en los más cercanos. Sin embargo es más sencillo dar amor a aquellos que suelen dárnoslo que a los que ni siquiera conocemos. Y esto nos puede parecer obvio, pero si pretendemos abrir nuestro corazón a la vida, se vuelve necesario que seamos capaces de mantener el respeto, la cortesía y el sincero interés por el otro, aún cuando sea la primera vez que lo veamos; ¿por qué? porque eso significa ser sinceros con lo que pretendemos Ser y Hacer, porque eso es coherencia entre lo que sentimos y pensamos, con lo que hacemos.

El Sol no da su luz solo a unos cuantos… Irradia todo. Así mismo, el amor, cuando es maduro, se extiende a todo lo cercano y puede darse incluso a distancia si se tiene la suficiente voluntad para hacerlo.

Hoy me ocurrió algo que me hizo comprender este asunto. Iba en un taxi hacia la estación del metro y al bajarme el taxista no tenía monedas para devolverme. Solo eran $200 pesos, y a pesar de eso hice un gesto de desaprobación como “juzgando” el hecho de que no tuviera el dinero y de mala gana le di los billetes disponiéndome a bajar del auto. El taxista hizo el ademán de devolverme uno de los billetes diciéndome algo que no esperaba: “Mire niña… si va a hacer ese gesto mejor tenga…” Y lo dijo calmadamente, sin violencia y más bien en un tono de tristeza e incomodidad por no tener la devuelta. Yo terminé respondiéndole: “No señor, no se preocupe, son solo $200 pesos” y me bajé, pero lo que sentí después fue una sensación de malestar tal que me hizo reflexionar sobre cómo podemos llegar a la crítica destructiva con tan solo un gesto.

Así mismo, a diario, nuestras expresiones, incluso aquellas que no tienen palabras, pueden ser muestra de un orgullo tonto o de un egoísmo terrible, y con esas actitudes cargadas de desamor propiciamos malestar en los demás. Hubiera sido más fácil y menos “hiriente” el desapegarse de los $200 pesos tranquilamente, haber aceptado la realidad, haber agradecido el servicio, y finalmente haber dominado al ego que en su orgullo quería “mostrar” su inconformidad con algo que a su parecer era inaceptable e “injusto”. Es más simple y amoroso comprender al otro que justificarse a sí mismo, aunque sea con una actitud de rechazo sin palabras.

Y en esto tan pequeño, vi lo grande. El trabajo que tenemos por delante de pulirnos y ser abiertos y cálidos hacia los demás en vez de dejar prevalecer la estúpida arrogancia. Uno se contamina de malestar en vez de revestirse de calma, de paz. Por los demás y por uno mismo, hay que manejar nuestras actitudes, volviéndolas al amor y no hacia una guerra sin sentido contra los otros. Sólo así podemos estar más sanos, porque este tipo de amor desinteresado siempre es curativo. Este es el tipo de mentalidad con el que sueño. ¿Será posible que seamos así algún cercano día?

Denyse Gómez


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